Garbage en el Luna Park: así cerramos las #BlueSessions

La década de los 80 fue marcada a fuego en Estados Unidos, por un personaje que gobernó a ese país durante dos períodos presidenciales consecutivos; el ex actor de Hollywood y cowboy de película Ronald Reagan. Aumento del gasto militar (con cifras que no se veían desde la guerra de Vietnam), reducción del gasto social, brecha de la desigualdad económica que sube significativamente: en 1966, el salario de un directivo era 41 veces superior al de un obrero; en 1988, era 92 veces superior. En resumen, la promesa de Reagan de que habría riquezas para todos se esfumó muy rápido y una de las zonas más deprimidas por el neoliberalismo de las reaganomics fue el noroeste, en donde se encontraba la pequeña ciudad de Aberdeen, Washington. Allí creció un tal Kurt Cobain, que ya a mediados de la década había dejado la secundaria y pasado por una serie de trabajos denigrantes y mal pagados.

La única descarga posible parecía ser seguir a las bandas de la naciente escena hardcore, con un sonido que encarnaba la frustración y la furia de los que crecieron en la era Reagan. Y Black Flag era el grupo que tenías que conocer si estabas en la cosa. Es por aquella época cuando aparece en escena nuestro personaje, Butch Vig, que a mediados de los 80 fundaba los Smart Studios. Su vida era sencilla: a la noche tocaba la batería en una banda llamada Spooner y de día juntaba unos dólares manejando un taxi. El resto es historia bien conocida: a principios de los 90 le ofrecen producir el disco de una banda emergente llamada Nirvana. El éxito de Nevermind lo cambia todo y produce el destierro de las listas de éxitos de tipos como Michael Jackson, que dominaban la escena hasta ese momento.

Pero como suele suceder la industria todo lo devora rápidamente, lo alternativo se convirtió en comercial y la moda del Grunge en ambición: todos buscaban otro Nirvana. Menos Butch Vig, que decide junto un par de colegas productores (Duke Erikson y Steve Marker) usar su laboratorio musical para crear una banda que esté hecha a la medida de los 90. El resultado es Garbage. Y toma el relevo del Grunge añadiendo pop y electrónica a la angustia pre-milenio. Faltaba una líder con carácter e imagen adecuada, y Shirley Manson cumplía con todos los requisitos para el puesto con su piel blanquísima y sus enormes ojos verdes, que le siguen otorgando un aura de replicante punk andrógina.

Pasaron más de 20 años de aquellos días y Garbage aterrizó por segunda vez en Argentina para dar un show caliente en el Luna Park. La banda sonó muy ajustada (pese a la ausencia de Butch Vig que se bajó a último momento por enfermedad) y presentó algunas canciones de Strange Little Birds, el último disco, más una buena cantidad de los hits que los hicieron célebres en todo el mundo.

El juego se abrió con Supervixen, I Think I’m Paranoid y Stupid Girl. Más adelante hubo momento especial para presentar Sex Is Not the Enemy con arenga de Shirley sobre la igualdad de géneros y gran final con Vow (el primer single de la banda), Only Happy When It Rains y Push It. En la mitad del show hubo tiempo para que la cantante mostrara carácter y compromiso amenazando con parar todo por una pelea que se armó en medio del pogo. Por suerte la cosa no pasó a mayores y show continuó su ruta con normalidad.

Llegaron los clásicos bises y ahora sí, el verdadero final con una encendida versión de Cherry Lips (Go Baby Go!). Y también fue el final para nuestras Blue Sessions por este 2016, que nos dejó una buena cantidad de la música que nos gusta. Ustedes sigan ahí que para el año que viene tenemos mucho más. Hasta la próxima.

 

Por Jorge Casal

Fotos: José Luis García